Nada nos pertenece
De cómo la digitalización nos hizo creer que el mundo era nuestro.
Mi suscripción de Netflix ha cambiado. Después de varios años de ser un suscriptor Básico (una pantalla, HD) he pasado a ser un suscriptor Estándar con anuncios. La misma tarifa, dos pantallas, pero contenidos llenos de anuncios publicitarios. Y lo mismo ocurrió con Disney+, con HBOMax, antes de eso, con Prime. Es decir, con plataformas de streaming cuyo principal atractivo de ingreso al mercado de consumo de entretenimiento era el acceso a múltiples contenidos sin las interrupciones que el patrocinio comercial imponía. ¿Saben a qué se parece esto? A la televisión abierta de mi infancia.
No podemos tener cosas bonitas. Todo lo echa a perder el capitalismo con su voracidad y con la necesidad de exprimir a los consumidores a fin de preservar su canibalismo y el agotamiento de los recursos. Menciona Walter Benjamin en su crítica al capitalismo que éste ha pasado a ser una nueva especie de religión. A saber: es cultural, en tanto está orientado a una práctica ritual; tiene un culto continuo, sin pausas ni treguas; todos los días son festivos (consumo); representa un culto que produce culpa/deuda (no la expía, la reproduce).
En esa alegoría entra la manera en cómo el mercado ha creado deseos que se presentan como irrenunciables al presentarlos como necesidades (la necesidad de estar al tanto de las novedades, como si el tiempo fuera a colapsar si nos quedamos fuera de la coyuntura), pero, más allá, también como obligaciones (el consumo es consuetudinario como una forma de pertenecer al sistema: lógica de marca, de aspecto, de información, de pertenencia). Las deudas de la tarjeta de crédito o la adquisición de elementos suntuarios o cuya utilidad se reduce a una sola vez (como esa herramienta que tienes guardada en algún lugar de la casa y que nunca has utilizado [ni utilizarás]) generan un sentimiento de culpa al contrastarlo con las condiciones de aquellos que no tienen para cubrir, ni siquiera, sus necesidades más básicas. No hay escapatoria.
La dinámica de las redes sociales es parecida a la de las plataformas de streaming. En su origen, quienes vivimos ese desarrollo vertiginoso podemos recordarlo, las social media entraron a nuestra vida con la promesa de la comunicación sin interferencia, entre iguales y para reducir las distancias que implica el mundo físico. Hoy, los algoritmos y la IA han convertido ese espacio de socialización en una banda infinita de contenidos en donde priman las “recomendaciones” y la publicidad. Esos espacios nunca nos pertenecieron, nos volvieron adictos a la afirmación y aceptación de los demás, mientras trabajábamos para las empresas tecnológicas generando contenidos gratuitos (como éste). Lo anterior desnuda otra realidad: los únicos que terminan ganando cantidades irreales de dinero son los dueños de estos sistemas de (in)comunicación. Nos venden la ilusión de ser famosos, célebres, graciosos, queridos, relevantes; mientras nos ofrecen como trabajadores gratuitos y consumidores al aparato de la publicidad de mercancías y servicios.
Resulta tremendo el hecho de ver cómo estas dinámicas han modificado incluso nociones como la de propiedad privada. Conviene pensar, en este momento y en términos materiales: ¿qué realmente nos pertenece? Antes, el objeto era un bien que determinaba esa propiedad (el cassette, el VHS, el DVD, el LP), hoy pareciera que, más bien, los conglomerados de la industria cultural nos “rentan” esos contenidos sin que pierdan ellos la propiedad de los mismos. Al mismo tiempo que venden nuestras interacciones como parte del aparato de consumo. Nos convertimos en la mercancía perfecta: trabaja gratis y compra lo que le ofrecen. Y, encima, nada nos pertenece. Todo es prestado.
En un contexto en el cual la IA aumenta sus posibilidades de operación del sistema tecnológico resulta claro que la intervención humana en la gestión de estos medios se reducirá hasta prácticamente desaparecer. Al final quedarán los dueños de estos medios disfrutando de los beneficios que el trabajo de una gran cantidad de personas reales (programadores, comunicólogos, diseñadores…) generaron para quedarse con saldos negativos, mientras las cuentas bancarias de los primeros engordan casi infinitamente.
A estas alturas resulta un tanto ingenuo pensar que podemos escapar de esta trampa perfecta. Pero creo que sí es posible reducir el nivel de dependencia e insensibilización con respecto de lo que nos rodea. ¿Cómo? En el retorno al mundo físico, en la desconexión gradual de los dispositivos que parecen indicarnos las rutinas y las formas de entretenimiento y de relajación (ocasionando, en sentido contrario, nuevas formas de stress y ansiedad), en recuperar el gusto por la conversación cara a cara, en disfrutar el concierto sin la pulsión irrefrenable de grabarlo para que los demás atestigüen lo cool que soy, en escuchar (leer) a los demás de manera atenta antes de reaccionar por reflejo desde el instinto, en dejar de alimentar la máquina que nos exprime de manera metódica. En fin, en pensar en las características que hasta hace poco nos permitían caracterizar lo humano: capacidad de raciocinio, capacidad de comunicación compleja, capacidad de amar incondicionalmente (con todo lo que implica), pero, sobre todo, conciencia de la muerte inminente. Salir a vivir, en resumen. Abrazos para todos.



Y los contenidos que ofrecen van bajando su calidad, un proceso llamado enshittification.
Es curioso como funciona el imaginario dentro del capitalismo.
Las suscripciones con anuncios es regresar a la televisión de paga. Es decir, nos "venden" lo viejo como novedad y nos sentimos ofendidos no por la venta, sino por el supuesto engaño del capitalismo de plataforma.